Cubist Blues es uno de los discos más singulares y subestimados en la obra de Alan Vega, publicado en 1996 y concebido como una alianza creativa entre el legendario fundador de Suicide y los músicos Alex Chilton (Big Star) y Ben Vaughn. Lejos del synth-punk abrasivo que definió gran parte de su carrera, Vega se adentra aquí en un territorio minimalista, espectral y profundamente humano: un blues descompuesto, filtrado por el ruido, la soledad urbana y la violencia emocional del siglo XX tardío.
El título no es una metáfora gratuita. Cubist Blues fragmenta el blues tradicional y lo recompone desde ángulos imposibles: guitarras desnudas, ritmos casi fantasmas, silencios incómodos y una producción deliberadamente cruda. No hay virtuosismo ni nostalgia; hay ruina, tensión y una sensación constante de peligro contenido. Es un disco que suena como una conversación nocturna en una ciudad vacía, con las luces de neón parpadeando y la electricidad a punto de fallar.
La voz de Alan Vega es el centro absoluto del álbum. Más que cantar, declama, murmura y amenaza, usando el blues como vehículo para hablar de obsesión, deseo, alienación y muerte. El aporte de Chilton y Vaughn es esencial precisamente por su contención. Ambos entienden que este no es un disco para lucirse, sino para sostener el espacio emocional que Vega necesita. Las guitarras son secas, a veces casi primitivas; el ritmo es lento, arrastrado, como si cada compás costara trabajo. Todo está diseñado para dejar respirar la incomodidad.
Con el paso del tiempo, el disco se ha convertido en una pieza de culto. Es una obra incómoda, austera y profundamente honesta, que confirma a Alan Vega como una figura inclasificable: un artista capaz de transformar el blues en un acto de confrontación existencial.
Cubist Blues solo se pudo apreciar en vivo dos veces una en Nueva york y otra en Francia donde Alan Vega hizo líricas nuevas y después de ese concierto los músicos tomaron su propio camino.




