Cuando Black Metal apareció en 1982, Venom no solo publicó su segundo álbum de estudio: encendió una chispa que incendiaría décadas de música extrema. Crudo, blasfemo y técnicamente rudimentario, el disco se convirtió en un artefacto fundacional que dio nombre, estética y actitud a todo un subgénero. Más que un álbum, Black Metal es un acto de guerra cultural, una provocación frontal contra el orden musical y moral de su tiempo.
Musicalmente, Venom llevó el heavy metal a un territorio salvaje e incontrolado. Las guitarras de Mantas suenan sucias, veloces y sin pulir; la batería de Abaddon golpea con una urgencia casi punk; y la voz de Cronos no canta: escupe amenazas, invocaciones y blasfemias con un tono cavernoso que parecía venir directamente del inframundo. La producción —tosca, saturada, casi amateur— lejos de ser un defecto, se convirtió en uno de los rasgos más influyentes del álbum, anticipando la estética lo-fi que definiría al black metal escandinavo años después.
Canciones como “Black Metal”, “Countess Bathory”, “Don’t Burn the Witch” y “Buried Alive” funcionan como himnos de transgresión. En ellas conviven la velocidad proto-thrash, el espíritu punk del DIY y una imaginería satánica más cercana al shock y la teatralidad que a una doctrina real. Venom no predicaba el mal: lo usaba como arma simbólica, como una forma de incomodar, provocar y romper con el conservadurismo del heavy metal tradicional.
El impacto de Black Metal fue sísmico. Bandas como Bathory, Celtic Frost, Slayer, Mayhem, Darkthrone y prácticamente toda la primera y segunda ola del metal extremo encontraron aquí un punto de partida. Aunque el sonido del black metal evolucionaría hacia terrenos más complejos y atmosféricos, la actitud —el rechazo a la pulcritud, el culto a la oscuridad, la confrontación directa— nació en este disco.
A la distancia, Black Metal sigue sonando peligroso. No por su técnica, sino por su intención. Es un álbum que rechaza la corrección, que celebra el exceso y que entiende el ruido como una forma de libertad. Su legado no está en la perfección, sino en el caos que desató.
Venom no inventó el mal, pero con Black Metal le dio un amplificador, un nombre y una estética. Y desde entonces, el metal extremo nunca volvió a ser el mismo.




