Con Street Worms, lanzado en 2018, Viagra Boys irrumpió en la escena europea con un debut que combinaba sordidez urbana, humor negro y una energía punk incómoda. Desde Suecia, la banda liderada por Sebastian Murphy convirtió la decadencia contemporánea en espectáculo, ofreciendo un retrato grotesco —y a la vez lúcido— del macho moderno, la alienación digital y el absurdo cotidiano.
Musicalmente, el disco bebe del legado del punk clásico, pero lo atraviesa con saxofones nerviosos, líneas de bajo hipnóticas y una producción que privilegia el pulso repetitivo casi industrial. Hay ecos de The Fall, Birthday Party o Suicide, pero Viagra Boys no se limitan a la cita: transforman esa herencia en un lenguaje propio, cargado de ironía y teatralidad.
Sebastian Murphy es el eje absoluto del álbum. Su voz, mitad predicador borracho mitad comediante existencial, recita más que canta, construyendo personajes grotescos que encarnan obsesiones contemporáneas: estatus, consumo, paranoia, inseguridad masculina. En canciones como “Sports”, el mantra absurdo de “weiner dog” y referencias triviales se convierte en crítica mordaz al vacío aspiracional; en “Just Like You”, la burla se transforma en espejo social.
El saxofón —inusual protagonista dentro del punk reciente— aporta un matiz caótico y casi free-jazz que rompe la linealidad rítmica, mientras la sección rítmica mantiene un groove insistente, casi hipnótico. Esa tensión entre repetición y disrupción define el carácter del álbum: es música para bailar con una sonrisa torcida.
Street Worms también funciona como comentario cultural. Bajo la fachada de letras absurdas y actitud despreocupada, el disco esconde una mirada crítica hacia el individualismo extremo y la cultura de la autoimagen. El humor es su arma más afilada: desarma al oyente antes de exponer la incomodidad.
En retrospectiva, el álbum consolidó a Viagra Boys como una de las propuestas más frescas del revival post-punk de finales de la década de 2010. Street Worms no es solo un debut prometedor; es una declaración estética clara: ruido, repetición, ironía y una honestidad brutal disfrazada de chiste.




